Darío Varona se hizo un experto recogiendo pruebas de los escenarios del crimen. No pertenecía a la policía científica, pero en muchas ocasiones el comisario le mandaba a repasar los lugares por donde había pasado la científica para hacer una labor de barrido final.
A menudo Varona se fijaba en lugares por los que no se solía prestar toda la atención o se consideraban poco importantes. Vestido como un enfermero en un quirófano, con los pies, las manos y el pelo cubiertos, Darío Varona recorría la casa con ojos de niño y alma de ratero.
En la cocina, abría los armarios, miraba las fechas de lo botes de conserva, comprobaba si había algo en el desagüe del fregadero, repasaba el nombre de las salsas que encontraba en el frigorífico y las recetas de pasta manuscritas en los cajones, sacaba de su hueco la lavadora y en el espacio abierto revisaba cada pelusa, cada resto de comida, cada monedita. Y sonreía feliz si encontraba, agazapados, calcetines desparejados.
Nazaré Lascano
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