lunes

Mosquita muerta

Me gustaba cuando, después de hacer una de sus travesuras con el agua caliente, Amparo me esperaba tras la puerta del baño, sonriente, con una toalla enorme entre los brazos.

La cualidad de ciega hacía que te confiaras, que no sintieras pudor o miedo a que te acogiera con la toalla como si fuera una planta carnívora abrazando a una pobre mosca.

Y así era yo, la mosquita muerta a la que envolvía entre sus brazos de ciega mientras Jorge roncaba o hablaba en sueños, solo.

Nazaré Lascano

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