En las distancias cortas descubrí que Saúl Álvarez tenía el cráneo igual que el de un busto esculpido en granito de un escritor olvidado situado en una glorieta, a unas pocas calles de la casa de mis viejos.
Por detrás Saúl y el busto eran exactamente iguales, con un parietal elevado y un occipital levemente retraído. Por delante me resulta difícil compararlo porque siempre que pasaba por esa placita me desviaba por una calle que salía a la izquierda y sólo veía la escultura por su espalda.
No supe nunca quién era, cómo se llamaba o a qué se dedicaba el hombre del busto, aunque estoy casi segura de que era y sigue siendo un escritor que nadie conoce.
Y pretendo seguir sin conocerlo, por el misterio y porque no me da ninguna curiosidad.
Nazaré Lascano
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