En muchas ocasiones Enrique se vio caminado por una calle desconocida con dos bolsas llenas de fruta en las manos. También le ocurrió en sus viajes, dos kilos de naranjas, tres kilos de manzanas y oros dos de ciruelas se bamboleaban colgadas de sus manos por plazas y avenidas desconocidas.
A veces se sentaba en un parque, comía y ofrecía a los viandantes que casi siempre decían que no. Otras se ponía a las puertas de un colegio, a la salida del metro o en una estación de ferrocarril. Sólo tuvo éxito cuando decidió repartir la fruta por las noches a las puertas de los bares.
Nazaré Lascano
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