Las noches en que Jorge se perdía y Amparo volvía a casa sola y con los zapatos de la mano se acostaba a mi lado y me hablaba sin esperar a saber si yo estaba despierta o dormida.
Una vez metida entre las sábanas me contaba cómo todos sus amantes se pierden porque no saben caminar junto a una ciega, ni comer frente a una ciega, ni dormir, ni follar con una ciega, ni señalar a alguien con el dedo.
Recuerdo que me reí al oír lo del dedo y que Amparo, muy seria, me preguntó si yo era igual de tonta o si sabía señalar.
Nazaré Lascano
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