Darío Varona caminó hasta una glorieta cercana para dar la vuelta. Podía haber dado la vuelta en cualquier otro sitio, pero el alcohol, la vergüenza o alguna manía inconfesable le obligaron a llegar hasta la siguiente plaza y, como si fuera conduciendo, girar a la izquierda y cambiar de sentido.
Cuando estaba situado en la acera contraria y caminando de vuelta sintió una especie de paz interior que de alguna manera justificaba todas esas horas perdidas del sábado noche. La luz empezaba a romper la mañana del domingo y Darío se alegró de que ya fuera otro día. Se paró a fumar en un banco, colocó un pie encima del asiento y su brazo derecho, con el cigarrillo en la mano, sobre su pierna. Después cerró los ojos un momento y se imaginó acostado allí mismo, para siempre, feliz.
Lo hizo, pensó que nunca se había sentido mejor, desde allí, con los ojos cerrados y el cigarro humeando entre sus dedos oyó el tráfico que aún era suave, casi amable, oyó a los pájaros de los plátanos cercanos, oyó a los chicos del ayuntamiento que limpiaban muy cerca.
No oyó, sin embargo a una pareja que discutía a escasos metros, dentro de un coche con las ventanillas cerradas. No oyó el golpe tremendo que el varón que ocupaba el lugar del conductor, cuarenta y dos años uno ochenta y dos, moreno, delineante en un estudio de arquitectura, le dio a una mujer a la que diría no conocer.
En realidad sí la conocía, habían coincidido varias veces en un lugar común. Pero entonces nadie lo sabía, tampoco Darío que disfrutaba de su nuevo sentido con los ojos cerrados y su pistola reglamentaria respirando junto a su pecho como un gatito con las uñas apagadas.
Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas
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