El hecho de haber conocido a Lorenzo en casa de mis viejos, y desde hacía tantos años, me condujo a situaciones que tardé en comprender y que podía concretar en lo que él mismo definía con media sonrisa como el asunto de los besos.
El asunto consistía en que yo estaba acostumbrada desde siempre a darle dos besos en las mejillas al verlo y otros dos, en el mismo orden, al despedirlo. Y de la misma manera y en cualquier circunstancia lo seguí haciendo durante el tiempo en que pasamos juntos.
No hubo remedio, el hecho de que Lorenzo pasara de ser amigo a amante hizo que se quedaran colgando actitudes del pasado que se presentaban en mí sin pensarlo y que hacían que nuestra relación basculase entre el morbo y la sutileza, entre la vergüenza y la pasión.
De esta manera, cuando Lorenzo venía por casa y almorzaba o pasaba las tardes con nosotros yo me avergonzaba, me ruborizaba y tenía que irme a mi cuarto y, de la misma forma, cuando yo iba a la suya entraba directa a su cuarto donde también me ruborizaba y me avergonzaba felizmente en el intervalo de los cuatro besos de rigor.
Nazaré Lascano
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