Me gustaba la clase de religión porque nos dejaban dibujar. La única norma es que los dibujos debían ser de algo religioso y debíamos esforzarnos, esto último quería decir que había que ser muy cuidadosos y estábamos obligados a colorear toda la lámina sin dejar espacios en blanco.
Me pasé el curso dibujando vírgenes y santos, algunos inventados y otros copiados de una especie de enciclopedia católica con las pastas desarmadas.
Una tarde dibujé una virgen preciosa, una inmaculada de pie sobre su media luna, vestida de un azul hiriente. Por desgracia calculé mal las dimensiones y tuve que borrarla con la goma. Varias veces.
Al final quedó una virgen extraña, un tanto siniestra, de rasgos ásperos y difusos que parecía que salía de las tinieblas. Cuando la vio, la maestra se santiguó y la llamó la Virgen emborronada.
A mí me pareció un buen nombre para una virgen y yo misma lo adopté durante mucho tiempo.
Nazaré Lascano
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