Entre mis muchos recuerdos vergonzantes está el de la poesía y la cocina.
Hace años pensaba que los mejor de los géneros es mezclarlos, pero no mezclar elementos ausentes de riesgo como la música y la pintura o el drama y la comedia, sino unir temas y asuntos que no tienen nada que ver. Fue de esa manera como llegué a la síntesis iconoclasta de la poesía con la gastronomía.
Ya sé que hay novelas, poemas y películas que mezclan alimentos y palabras en la ficción, pero yo quería vivirla de la misma manera que vivía todo lo que leía, quería una especie de vida letraherida que me llevara de la mano desde los versos hasta los fogones.
La ocasión la encontré con mi primer amante. La primera vez que cociné para él pasé la mañana en el mercado buscando alimentos que contuvieran sabores que rimaran en consonante, especias llenas de hipérboles, verduras cargadas de anáforas y condimentos con los que elaborar salsas repletas de aliteraciones.
Para hacerlo más sutil cociné desnuda cubierta sólo con un delantal blanco y una copa de vino tinto. Tengo que decir que por aquella época yo no usaba el blanco ni bebía vino.
Cociné una pobre langosta a la que atiborré de tomillo, comino, lima y chile seco.
A la media hora ya había recitado a Rimbaud y a Juan Gelman, había llorado con las especias y me había ayudado del vino tinto para sacudirme la vergüenza. Terminé con la cocina hecha un campo de batalla, la botella vacía y mi delantal arruinado.
Mi amante, por supuesto, no supo apreciar ni a Gelman ni a la langosta, tampoco el delantal ni al pobre Rimbaud.
Nazaré Lascano
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