Pocos lugares hay tan emocionantes como los confesionarios católicos.
Dina y yo fantaseamos con colarnos en uno y escuchar los pecados estúpidos de las beatas. Nos excitábamos imaginando lo que aquellas mujeres de pelo cardado, medias negras y chaquetas de punto podrían contarle al cura.
Lo preparamos a conciencia, Dina sería quién preguntara a las feligresas porque su voz podía pasar por la de un cura, yo estaría detrás de ella quieta y con la respiración contenida, como se debe estar en un confesionario.
Para no dejar ningún cabo suelto decidimos confesarnos nosotras y ver cuál era el método de trabajo. Contar nuestros pecados a un extraño fue más excitante que oír a las beatas.
Nazaré Lascano
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