Mamá me enseñó a hacerme la dormida. No recuerdo el momento exacto, pero sí ver cómo ella lo hizo en varias ocasiones. Ver, por ejemplo, a mi viejo entrar en el dormitorio y salir diciendo en voz baja "No hagas ruido, está dormida".
Hacerte la dormida te salva en numerosas ocasiones, sobre todo de los hombres que comparten tu cama. Te salva cuando están fuera y llegan a alguna hora en la que prefieres no saber de dónde vienen ni oír explicaciones vergonzosas.
También te salvan cuando están dentro, en la misma cama quiero decir, y no quieres que se aproximen, pero tampoco tener una conversación estúpida y circular para decir que no.
Hay más ocasiones, pero todas ellas particulares, y seguramente ridículas, y de todas ellas se sale haciéndote la dormida y finalmente durmiendo porque lo que se simula acaba haciéndose verdad.
Nazaré Lascano
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