Darío tiró el cigarro al suelo sin ni siquiera darle una última calada porque sabía que el adjetivo último ya no existía para él.
Se acercó al coche sin decir ni pensar en nada y cuando estaba junto a la puerta del conductor la abrió de un tirón y con la misma fuerza sacó al delineante al que no le dio tiempo a sujetarse al volante.
Le hubiera gustado pegarle, partirle la cara, reventarle la nariz y decirle lo que pensaba de los maltratadores, de los chulos, de los hijos de puta como él. Pero sólo lo cogió de los hombros y lo sacó de allí, lo arrastró hasta los pies del primer árbol y le puso los grilletes.
Después regresó hasta el coche y buscó a la mujer que ya no estaba en su asiento. Darío miró hacia los lados entre inquieto y defraudado, sólo encontró al hombre que hacía esfuerzos por levantarse sin usar las manos. Caminó hasta él y le ayudó a incorporarse.
—¿Quién eres? ¡Como seas policía te vas a acordar de esto hijo de puta!
Nazaré Lascano
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