Atrapar un criminal era algo más que una obligación para Darío Varona. Aunque trataba de cumplir con su deber no siempre estaba conforme con la fase final, la vulgaridad de atrapar al delincuente como en una novela de entretenimiento o en los juegos del patio del colegio.
Atrapar a un criminal no era siempre lo correcto, tampoco lo era, en muchas ocasiones, dejarlo libre.
Darío sentía la pulsión del cazador, del hombre bueno, del justiciero. Pero también sentía la intuición del hombre libre, del malvado, del pirómano vestido de bombero.
Un delincuente entre rejas supone devolverle la paz a la sociedad, pero ¿Cómo querer que el mundo se recomponga y vuelva a ser la misma porquería?
Cuando llegaba a casa sólo pensaba: Un hombre libre menos por culpa de Darío Varona.
Nazaré Lascano
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