Amparo echaba pocas cosas de menos porque, aunque no nació ciega, apenas recordaba el sentido de la vista, tenía por tanto una imagen propia y que no sabía si se correspondía o no con la realidad del rostro de su madre, de la luz de la mañana o de los colores.
Amparo temía que ese rostro femenino que ella tenía en su memoria visual no fuera realmente el de su madre, o que eso que ella pensaba que era la luz fuera otro elemento que ni siquiera sabía definir. Amparo también sabía que a todos nos pasa lo mismo, incluidos los videntes, pero no somos conscientes del engaño porque creemos que eso que vemos es la realidad.
Nazaré Lascano
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