Los primeros días tras la muerte de mi viejo pensé en cosas que no había pensado nunca, sobre él, sobre mí y sobre la vida.
Algunas reflexiones eran muy estúpidas, dejé de pensar en sus cagadas y en sus traiciones, y sólo lo veía como a un héroe muerto. Pensé también en la abuela, y en mamá, y en sus amantes, y en todas las mujeres, y en nuestra responsabilidad en su vida absurda y en su muerte caprichosa.
No eran más que pensamientos estúpidos que cualquier terapeuta analizaría sin problema y que a mí me costaron semanas de vergüenza, pena, rabia y algo parecido al orgullo.
Nazaré Lascano
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