La mayoría de los hombres se ofenden tras una pregunta así, o se ponen dignos de distintas maneras o, en el peor de los casos, se sonríen. Saúl, claro está, se sonrió, después buscó mi botellín de cerveza y lo chocó con el suyo haciéndolo caer de mi mano y estrellándolo contra el suelo del bar que se llenó de espuma.
Aquello fue lo mejor de la noche, gente a nuestro alrededor danzando y dando saltitos, refunfuñando o riendo, diciendo "cuidado", "joder" o "qué imbécil".
A Saúl le saló bien la jugada y yo había perdido la fuerza de mi pregunta y tenía que inventar algo nuevo. Pensé en besarle como solución de emergencia, pero lo del bigote me echaba, definitivamente, para atrás.
Nazaré Lascano
No hay comentarios:
Publicar un comentario