Amparo no era capaz de conocer a nadie palpando con las yemas de los dedos la forma de su cara, pero nos conocía a todos por el olor del pelo o de la boca, por como arrastramos o alzamos los pies, por como movemos la cabeza o las manos, por como respiramos o tragamos saliva.
A mí, en concreto, me conocía por lo de la saliva.
Nazaré Lascano
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