Yo interpretaba a Andrei, estaba en escena mucho menos tiempo que mis tres compañeras y podía escuchar el lamento con atención. Oculto tras las bambalinas traté de contar en la semioscuridad las filas y las butacas para localizar a esa mujer que no paraba de llorar.
No la encontré.
Al acabar la función, desde el escenario y en medio de los aplausos, miré en la dirección donde suponía que estaba sentada, pero no pude saber quién era la mujer que había imaginado, ninguna de las espectadoras parecía triste, ninguna tenía los ojos hinchados, ninguna parecía ir sola.
Al día siguiente ya nadie lloró en el patio de butacas.
Nazaré Lascano
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