El barrio, con sus bloques de pisos, sus árboles desmadejados, sus plazuelas concéntricas y callejas, con sus coches de colores aparcados de cualquier manera, los solares llenos de basura, las tapias agrietadas, las antenas en los tejados, las tiendas, los bares y los mercados.
En el barrio todo cambiaba según el día, la hora y las ventanas.
Desde las ventanas de mi casa era oscuro, laberíntico y azul metálico, desde las de Lupe era sucio, ancho y anaranjado, y desde el balcón de Dina era otro, desordenado, ruidoso y del color de los ladrillos rojos al caer la tarde.
Y otro distinto, vertical, soleado y amarillo dijon desde la terraza de las Monsalvo.
Nazaré Lascano
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