martes

Añicos

El mismo Calafell cambió el cristal de su despacho. El inspector era uno de esos hombres que se enorgullecen al hacer los trabajos manuales por sí mismos. Una pieza bien medida y mejor cortada, unos alicates, unas puntas minúsculas, un martillo pequeño y un poco de masilla eran suficientes para tener una ventana como nueva.

Con el trabajo acabado, Calafell sonrió como un niño mirando al exterior bajo el sol de las doce de la mañana iluminando la calle sin un sola sombra y, por un momento, tuvo la ilusión de que todo iba a salir bien.

A la mañana siguiente el cristal volvía a tener una pedrada, esta vez había quedado hecho añicos.

Nazaré Lascano

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