Durante la adolescencia recibí muchas cartas.
Cada vez que llegaba una a casa y mis padres se enteraban, yo me ruborizaba y me retiraba con ella hasta mi habitación donde esperaba un momento especial para abrirla. Si me preguntaban les decía que eran de amigos por correspondencia, chicos y chicas de otros lugares del país o incluso del extranjero con los que hablaba sin ni siquiera conocerlos.
A mis viejos no les hacía demasiada gracia aquella tontería, pero tampoco les preocupaba, no eran más que cartitas de adolescentes que seguro leyeron a escondidas, en las que mis amigos desconocidos me contaban cómo les iba en su vida de adolescentes y, de vez en cuando, adjuntaban en el sobre alguna foto inocente en la que aparecían repeinados y vestidos de domingo.
Según fui creciendo las cartas fueron disminuyendo en número y remitentes hasta que dejaron de llegar, aunque alguna de aquellas amigas lejanas, como Rosita, una chica un poco mayor que yo que trabajaba de camarera de habitaciones en un hotel, persistió y seguía escribiéndome regularmente a casa de mis viejos tiempo después de que yo me hubiera ido.
Quizás le divertía contarme sus cosas o quizás estaba muy sola, el caso es que cuando yo volvía a casa siempre encontraba un paquetito sujeto con una goma elástica, con una docena de cartitas de aquella mujer a la que aún imaginaba frágil y adolescente.
Nadie supo nunca, ni siquiera Rosita, que aquellas cartas me las escribía yo.
Nazaré Lascano
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