Uno de los terraplenes del barrio era una especie de yacimiento arqueológico donde podías encontrar cualquier cosa perdida, arrojada o escondida allí en los últimos veinte años.
Un yacimiento de más-menos veinte años si se calculara con alguna técnica de datación absoluta.
Cuando los chicos del barrio estábamos aburridos, o cuando a alguien se le ocurría sin más, íbamos hasta el terraplén y buscábamos entre los arbustos, la tierra y la basura. Era especialmente fructífero después de un día de lluvia y mejor aún tras una tormenta.
Podías encontrar figuras de porcelana a las que le faltaba algún miembro, carteras sin dinero pero con documentación en regla, aparatos de radio con las tripas fuera, libros mojados, muñecas desnudas, balones desinflados, ruedas de bicicleta, gafas de sol con un solo cristal o flores de plástico descoloridas.
Encontrar algo en el terraplén era como hallar el Santo Grial.
Recuerdo haber ido a casa, envuelta el aroma dulce y húmedo del terraplén, con alguno de esos tesoros y guardarlo en lo más profundo de mi armario para que nadie lo encontrara.
Aún debe de estar allí.
Nazaré Lascano
No hay comentarios:
Publicar un comentario