Enfrente de la ventana de mi dormitorio hay una calle con un aparcamiento en el que los coches aparcan en batería.
Por las mañanas, cuando subo la persiana, puedo ver una colección de automóviles de colores, tamaños, marcas y modelos variados de los que desconozco sus características técnicas de la misma manera que ignoro las características físicas y psíquicas de sus conductores y conductoras que, por lo general, nunca están presentes en el escenario del aparcamiento cuando yo me levanto de la cama.
Todos los días la combinación de automóviles es distinta, cambian los modelos, los colores o los números de matrícula y, aunque es seguro que repitan algunos, la posición nunca es la misma porque se han dado miles de circunstancias que los han dejado colocados de esa manera y no de otra.
Hay mañanas en las que me paso varios minutos, aún con la sensación de abotargamiento del sueño reciente, mirando, obnubilada hacia el aparcamiento y los cochecitos brillantes bajo el primer sol del día.
Entonces, mientras me ducho, me visto y desayuno, fantaseo con bajar a la calle y hacer algo que me saque de ese vértigo azaroso, quizás colocar notas en los limpiaparabrisas, dejar mi número de móvil, y conocerlos y que me digan quiénes son, qué hacen allí, a qué lugares han viajado con ese coche, a dónde han ido esa mañana y con quién.
Finalmente cuando bajo a la calle me limito a mirar disimuladamente el interior de los salpicaderos mientras camino, deprisa, hacia la estación del Metro.
Nazaré Lascano
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