Calafell se escondió en su despacho.
Llegó sobre las once de la noche, después de cenar en casa, saludó a los guardias de la entrada y se dispuso a pasar la noche sentado delante de su escritorio.
No se fijó en una mujer de unos treinta años, con los ojos enrojecidos, que esperaba su turno en un banco de madera.
La primera hora estuvo ordenando papeles, después apagó la luz y se dispuso a esperar. Ya estaba dormido cuando la primera piedra hizo estallar el cristal de la ventana.
Nazaré Lascano
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