Me daba cierto reparo el bigote áspero y tieso de Saúl. Era un miedo irracional, atávico y seguramente femenino que, por tanto, era más fácil superar que explicar.
No me importaba intentarlo, es más prefería intentarlo a soportar una de esas jornadas eternas de seducción con la tabarra correspondiente de autobombo y medias verdades que muchos hombres usan creyéndose que no se les ve el cartón.
Por eso cuando, a la segunda cerveza, Saúl insinuó con ojos de borrego que debíamos buscar un lugar más tranquilo yo, harta de palabrería y de sus vergonzosos jueguitos de seductor, le dije inmediatamente que podíamos ir a su casa.
Por desgracia mi proposición le descolocó, aquel imbécil debía tener algún cadáver en el armario y no estaba dispuesto a llevarme a su piso.
Nazaré Lascano
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