Me daba una pena inmensa ver a Amparo borracha y vulgar.
A pesar de que un poeta malo o un prosista posmoderno hubiera pudiera encontrar en sus excesos alcohólicos un contraste bello, yo sólo podía apenarme el verle manchas oscuras ensuciando sus blusas blancas, las pupilas nubosas desviadas y su (perfecta) mandíbula desencajada.
Aún en medio de la borrachera Amparo se sujetaba a su ser casi consciente y me pedía calma.
— Esto también pasa Naza, no hay botella sin final.
Y, con sonrisa bobalicona, volcaba la última de champán en su copa sin derramar una sola gota.
Nazaré Lascano
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