Alguien había tirado una piedra contra el cristal de la ventana del despacho de Calafell el domingo por la noche. No se había roto pero había formado una especie de tela de araña que se desplegaba a partir del lugar del impacto.
Calafell se encontró con el cristal roto cuando entró a su despacho la mañana del lunes, preguntó a los agentes y a los inspectores, pero nadie había visto ni oído nada. ¿Cómo era posible que en una comisaría de policía en el centro de Madrid y en medio de una guerra nadie hubiera visto quién apedreaba una ventana de un edificio protegido?
De pie, mirando a través de la estrella asimétrica formada por el impacto, Calafell veía a los peatones caminar con una falsa seguridad, como por las páginas de una novela con buena trama y un final mal escrito.
Nazaré Lascano
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