Igual que hay gente que sale a las terrazas a tomar el sol, Lucía Monsalvo y yo salíamos siempre que llovía.
A primera hora, en cuanto las nubes anunciaban agua, ya estaba Lucía buscándome por el barrio o llamando a casa.
— Naza, esta tarde llueve ¿vienes a la terraza?
Yo cogía el bañador y salía corriendo hacia la casa de las Monsalvo. Lucía me recibía con su bikini puesto y en la misma puerta me ofrecía un vaso grande lleno hasta arriba con el alcohol que ese día hubiera en el mueble bar mezclado con naranja o limón.
Mientras me cambiaba de ropa Lucia colocaba dos tumbonas viejas y descoloridas cubiertas con toallas en medio de la terraza y una mesita para poner los vasos, después yo pasaba por el salón delante de sus viejos que nunca dijeron una palabra sobre aquella rareza, sólo me saludaban al pasar, camino de la terraza y, si acaso, me preguntaban si esa noche me quedaba a cenar.
Nazaré Lascano
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