Según me contó Lupe, el Soca se dormía con facilidad en cualquier sitio y, con la misma facilidad, ella le despertaba sin piedad para preguntarle qué había soñado. Al parecer el Soca se avergonzaba de aquellos sueños tan recientes y mentía a Lupe inventándose historias truculentas que taparan la verdad y que ella no creía, pero que escuchaba entre divertida y excitada.
Por alguna razón, nacida de lo más íntimo de su feminidad, a Lupe le excitaban las imágenes borrosas que el Soca dibujaba en su cabeza y que expresaba en voz baja con su vocabulario monótono de profesor de instituto.
A mí no me excitaba nada que saliera de la imaginación del Soca, pero sí que lo hacía con cada escena contada y mejorada por Lupe, con las historias que ella montaba para mí y que le daban sentido pleno a aquella tonta aventura.
Nazaré Lascano
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