lunes

Esther

Se llamaba Esther y no parecía una vieja. Estaba sola, como casi todas las viejas, pero por voluntad propia. Esther había tenido marido y varias parejas, hasta que decidió no tener más.

La primera vez que la vio, Luis pensó que le engañaba con la edad y estuvo a punto de no aceptar el servicio, pero le gustó como hablaba, su tono de voz era de esos que envuelven, un punto más de grave, como la carne en un buen asador.

Decidió aceptar por gusto, por ver qué había detrás de esas palabras rotundas y de esa ropa cara de colores crudos a juego con la voz.

Terry Salgado

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