Darío Varona pensaba que con la pistola de policía guardada junto a su pecho tendría la confianza que siempre le faltó en sus acciones cotidianas.
Desde que se le asignó un arma oficial y firmó los permisos legales necesarios Darío llevaba su pistola a todas partes, como si fuera un órgano más, uno nuevo con características propias e híbridas propias del tronco del encéfalo, el pene y el esófago, todos ellos tubos que conectan emociones, fluidos y alimentos y que tienen en el revólver su representación perfecta.
Darío compraba en el supermercado, hablaba con los vecinos, echaba gasolina, salía a tomar una copa e iba a ver a su madre con el imprescindible peso de la pistola en un lateral de su cuerpo.
Nazaré Lascano
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