Paloma abre la puerta que susurra como una sábana en medio de la noche. Luis se da cuenta de que se ha pintado la raya de los ojos y se ha puesto dos pendientes, dos aros dorados con un radio de 4 centímetros, que brillan bajo la luz blanca del portal.
Caminan sin hablar por un pasillo ancho con las paredes cubiertas de libros y entran en un salón pequeño iluminado por la luz de la media tarde que entra a través de las cortinas cerradas.
Luis no sabe qué hacer y la mujer le invita a sentarse en un sofá bajo de color crema, una vez acomodado Paloma le ofrece un café.
— ¿Tomas café u otra cosa?
— Lo que tú quieras.
— ¿No sabes lo que quieres?
— Sí que lo sé, pero hoy eres tú la que decides.
La mujer se ruboriza, da media vuelta y regresa con una bandeja con una taza, un azucarero, una jarrita con leche y una cafetera italiana.
— ¿Tú no tomas?
— A mi edad un café después de las dos de la tarde supone una noche en vela.
Paloma se sienta frente a Luis que se sirve él mismo café y le añade unas gotas de leche.
— Mi marido también lo tomaba cortado.
Luis sonríe con amabilidad mientras piensa como meter a esa mujer en el barro.
Terry Salgado
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