Tal vez pensando en que aquello le iba a costar tres horas de plancha, Victoria optó por el servicio más barato.
Me llevó hasta su dormitorio sin decir nada, echó la colcha de colores hacia atrás y fue deprisa al cuarto de baño. Para no perder tiempo me pidió que me quitara la ropa y, a los dos minutos, salió del baño desnuda.
Yo estaba aún sentado en la cama, buscando un condón en mi mochila cuando la vi a un palmo, con sus pechos enormes rozándome la cara. Olía a desodorante de lavanda y se había pintado los labios del mismo tono de rojo de los pezones.
— A ver qué sabes hacer con mi dinero, vecino.
Terry Salgado
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