Darío Varona odiaba mancharse las manos.
En medio de un caso se vio obligado a meter las manos en un barreño lleno de restos de pescado para recuperar una pistola que un pescadero al que perseguían desde hacía tiempo había escondido entre restos putrefactos.
Cuando Darío encontró el arma buscó desesperado y sin éxito algo con lo que limpiarse, pero no encontró nada. Con las manos llenas de restos de tripas de pescado podrido caminó a través de la trastienda de la pescadería hasta que llegó a un cuartito donde había un váter y un lavabo.
Darío Varona sonrió, entró en el aseo y giró el grifo del lavamanos del que enseguida salió un chorro de agua limpia. Cuando estaba a punto de terminar de lavarse las manos la puerta del baño se cerró de un portazo y alguien, desde el otro lado cerró con llave y le dejó encerrado.
Nazaré Salgado
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