Victoria tenía una habitación de su casa llena de prendas de ropa. A un lado sábanas, colchas, almohadones, lo que el idioma define con la deliciosa palabra lencería, colocadas sobre un estante.
A otro lado camisas, blusas y camisetas amontonadas en una mesa, esperando su turno, y enfrente las mismas prendas pero planchadas y dobladas, rejuvenecidas. Los pantalones y las chaquetas estaban colgados en perchas colocadas sobre una barra metálica en la pared de enfrente.
Junto a la ventana había una enorme tabla de planchar sobre la que descansaba una plancha, también enorme, apagada.
— Aquí me gano la vida.
— No tenía ni idea de que existía este trabajo. ¿Llevas mucho tiempo planchando?
— Desde que me casé. No sé hacer otra cosa.
— ¿Y tu marido?
— Mi marido tampoco sabía hacer otra cosa.
Di una vuelta por la habitación, olía a algo familiar, por la ventana se veía a la gente pasar.
— Por ahí te he visto pasar muchas veces.
— ¿A quién? ¿A mí?
— Coloqué la tabla junto a la ventana para verte mejor.
No supe qué decir, me asomé un poco al exterior para disimular.
— Se ve toda la calle.
— Y un día pensé ¿por qué no le llamas?
— Podías haberme dicho algo en la escalera.
— Prefiero pagar.
Terry Salgado
No hay comentarios:
Publicar un comentario