sábado

Puertas abiertas

Me gustaba aquella mujer porque olía bien. No sé definir qué es oler bien, pero su olor me llenaba, me embriagaba al alma, azotaba mi interior hasta hacerme alcanzar algo así como un orgasmo olfativo.

Podía decir, en una aproximación mediocre, que olía a un pedacito de dulce de leche recién sacado de la nevera, a almendras verdes masticadas, a carbón mojado, a cuando se abre una puerta de un patio a las cuatro de la mañana, a la leña de una chimenea en el punto exacto en el que va a empezar a arder y se queda en nada.

Terry Salgado, El informe amarillo

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