La camarera vivía en una casa rodeada de barrotes. Cuando recibía visitas primero se extrañaban, después preguntaban y por último se estremecían.
El bloque donde vivía la camarera había sido un sanatorio para enfermos mentales, se había ido reformando, se había añadido un piso, se había cambiado la fachada, derruido las habitaciones y construido los baños. Pero los barrotes rodeando el edificio seguían allí.
Nadie se atrevía, ni tampoco querían quitarlos. Algunos, los vecinos más mayores, por la idea absurda de que siempre estuvieron allí, los de mediana edad porque se sentían seguros y los más jóvenes porque les daba una especie de originalidad, de recuerdo trágico, como el que tiene un tatuaje carcelero en el antebrazo o un antepasado muerto en la guerra.
La camarera, que no era mayor ni de mediana edad, algunas noches olvidaba las llaves de la verja en casa.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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