Para mí siempre fue peligrosa la última hora de la tarde, cuando cae la luz al máximo y apenas se acaban de encender las farolas, y no por la penumbra sino por el margen del tiempo, por el límite difuso entre dos estados de ser, entre dos formas opuestas de estar.
Como ocurre con el límite de los ríos con la tierra firme, las orillas para aclararnos, así es la última hora de la tarde para mí, y es ahí donde he cruzado a nado ese tiempo que ya no es mío, o —en ocasiones— me he quedado con los pies desnudos clavados en la orilla, o he vuelto descarada el cuerpo y el rostro al día para mirar de frente a la noche.
Por la mañana todo vuelve a empezar.
Nazaré Lascano
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