viernes

Esther III (Dejándose perder)

No sé por qué me extrañó trabajar a la hora del almuerzo con la luz amarilla y dura atravesando las vidrieras de la habitación, rebotando vulgar —como si aquel fuera un hotelucho barato—  en las paredes, en los brillos de los marcos de los cuadros y en los interruptores de las lámparas. 

Aquella luz era tan impertinente que hacía que aparecieran motas de polvo donde ni las había ni debía haberlas.

Esther tenía un cuerpo cuidado, con un bronceado artificial, pechos pequeños de areolas rosadas, rodillas huesudas, piernas fuertes y un culo redondo y firme que no se correspondía con su edad ni con su dignidad, quizás sí con su carácter.

En la cama siguió, durante los primeros minutos, intentando mantener la autoridad, pero a pesar de comenzar dándome toda clase de órdenes, fue perdiendo la ropa y las riendas, olvidando el idioma y, desnuda y desarbolada, dejándose perder.

Cuando se levantó para ir al baño Esther corrió —riendo como una recién casada—  a cerrar las cortinas, abiertas de par en par. 

Terry Salgado

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