sábado

Un caso insignificante

En medio de un caso insignificante Darío Varona empezó a llorar. En ese momento estaba solo, pero habría dado lo mismo si hubiera estado acompañado. 

Lloró y lloró durante días, al despertarse, en la ducha con las gotas calientes mezclándose con las lágrimas en su cara, delante de la taza del desayuno, al volante de su coche al parar en cualquier semáforo, rellenando un informe, limpiando su revólver, disparando, comiendo, cenando, masturbándose y justo antes de dormir.

Nazaré Lascano

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