El día que cumplí los dieciocho fui a comer con mis viejos a un restaurante. No recuerdo nada del menú ni de lo que hablamos, sólo que, a los postres, encontré un pelo en el interior de un hojaldre. El cabello pasó del plato a mi boca y una vez allí lo noté y tiré de él.
Traté de no pensar en nada y contuve la respiración mientras tiraba.
El pelo siguió saliendo como salen los pañuelos de la chistera de un mago, sin que pareciera que había un final. La situación rompió la normalidad y hubo un momento que pensé que aquello seguiría así durante toda mi mayoría de edad.
Al principio nadie pareció darse cuenta, pero aquello adquirió entidad de espectáculo y varias personas se quedaron mirando hasta que mi madre tomó el pelo con determinación con su mano derecha mientras que con la izquierda me echó la frente hacia atrás.
— Acaba de una vez con esto por favor.
Miré su mano, el pelo parecía un animalillo enroscado, vivo y asustado. Me dio pena cuando un camarero se lo llevó, tapado con una servilleta, a la cocina.
Nazaré Lascano
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