Algunas noches de viernes y de sábado visitábamos a Lucía Monsalvo. Yo no solía faltar, a veces me acompañaba Lupe y alguno de los chicos si no tenían planes.
La mamá de Lucía se esforzaba por complacernos, compraba cosas ricas para la cena, refrescos y cervezas. Es por las cervezas que los chicos se acercaban por allí, a pesar de que decían que el olor de la casa tenía un regusto rancio como si el cadáver del viejo aún siguiera por allí.
A parte de la cena pasábamos la noche viendo la tele, jugando a las cartas o apostando a los dados. A la mamá de Lucía no le importaba, a pesar del asunto del viejo. "No importa", decía, "esto es como un exorcismo", y ponía los ojos en blanco como si estuviera trastornada.
Nazaré Lascano
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