de esos grandes malogrados me vienen de inmediato a la memoria: Beckett, Bernhard, Bolaño.
La ironía en Beckett, por ejemplo, tuvo siempre matiz de látigo: sus narradores fracasaban una y otra vez, incluso antes de empezar a hablar, pero gracias a esto encontraron un modo muy personal de expresarse, y en ese modo hay todavía —después del fin de la vieja gran prosa— un camino a recorrer.
Enrique Vila-Matas, Música para malogrados, El País, 02/06/2012
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