El caldo de pescado
Azucena se acercó hasta la ventana donde había colocadas dos macetas con flores que regó con el agua de la jarra, después pasó por delante de Luis sin decir nada y volvió a la cocina donde empezó a preparar el pescado.
Luis fue detrás, se asomó a la cocina y la llamó.
— Disculpa, ¿quieres que hagamos algo más?
Azucena lo miró mientras cortaba verduras para el guiso.
— ¿Quieres quedarte a comer?
— No, lo siento, tengo trabajo esta tarde.
— Puedes pasar si quieres.
Luis sintió el frío de las baldosas de la cocina mientras, apoyado en el marco de la puerta, miraba cómo Azucena terminaba de cortar las verduras y las añadía a la cazuela que había empezado a cocer. Cuando terminó movió todo con una cuchara de madera y probó el caldo.
— Ya casi está. Prueba, por favor.
Luis se acercó hasta los fogones y la mujer le dio a probar de la misma cuchara. Fue entonces cuando pensó que nunca en su vida había probado un plato tan sabroso, pero también pensó que no estaba seguro de si estaba tan bueno por el propio plato o porque antes había pasado por la boca de Azucena.
— Está genial.
— Eso ha sido gracias a tus abrazos.
Luis sonrió avergonzado.
— No, en serio, es el mejor guiso de pescado que he probado desde hacía mucho tiempo.
— Yo también hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie.
— Ya... Es una lástima que no pueda quedarme a comer.
Terry Salgado
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