Tras perder la enésima partida a los dados me levanté y fui hasta el baño sin darme cuenta de que la madre de Lucía seguía allí, entré y la sorprendí agachada junto a la taza del váter, manipulando la cisterna.
Se volvió hacia mí, muy apurada, y farfulló que se había estropeado y la estaba arreglando.
Yo también me disculpé por entrar sin llamar. Cuando me dejó sola esperé un instante manteniendo la respiración y, con mucho cuidado, abrí la tapa de la cisterna que sólo había quedado sobrepuesta.
Nazaré Lascano
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