Acercó su cara a la mía, vi su nariz como la proa de un barco, su frente y sus cejas. Luego llegó con una lentitud inexplicable su boca semiabierta avanzando triunfante hacia la mía, y con ella un olor agrio, el del vino que le había visto beber durante la cena.
Y me arruinó para siempre eso que llaman la primera vez, si es que las primeras veces existen. En cualquier caso ese beso olería a vino durante todo mi futuro eterno retorno.
Nazaré Lacano
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