A Luis le extrañó la baja temperatura del cuerpo de Azucena, que parecía que acabara de salir de una piscina o del fondo del mar. Imaginó que aquel olor a gel de baño era el aroma del mar. También sintió el roce de su cabello corto sobre su hombro derecho y la fuerza de sus brazos rodeándole.
Estuvieron así, durante un tiempo indeterminado. De fondo, en medio del abrazo, Luis oía al pájaro enjaulado en alguna habitación cercana, saltando en su jaulita metálica, también podía oír la cazuela borboteando en la cocina y otros ruidos propios de una casa desconocida.
Al cabo de ese tiempo indeterminado Azucena aflojó la fuerza de sus brazos y los dejó caer lentamente. Luis hizo lo mismo. La mujer retrocedió un solo paso y dio media vuelta dándole la espalda.
— Abrázame otra vez, por favor.
Luis sintió que debía tomar la iniciativa y le acarició los hombros, rodeó su cuerpo y bajó sus manos por el torso de la mujer rozando sus pechos antes de abrazarla con fuerza. Ella echó la cabeza hacia a atrás, acomodándola en el hombro de Luis.
Desde esa posición, mientras trataba de no pensar en nada, Luis podía ver la ventana desde la que entraba el sol que les iluminaba completamente, como a dos actores de una película sin género conocido.
Terry Salgado
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