El olor a mar se hizo más intenso, Luis cerró los ojos para poder oír las olas acercándose y alejándose en su cabeza, salpicando sus pies desnudos y los de la mujer que se fue separando de su abrazo lentamente, como una serpiente marina.
Cuando Luis abrió los ojos vio que Azucena caminaba fuera del salón, después la escuchó en la cocina y la imaginó preparando para él un plato exquisito con pescados de los que nunca había oído hablar.
La mujer regresó al salón, se había puesto una camiseta amplia que la cubría por encima de las rodillas y llevaba una jarra de cristal de la mano. Al verse en medio de una situación cotidiana, en aquel salón al que llegaba el olor del pescado, Luis se sintió vulnerable y avergonzado.
— ¿Puedo vestirme?
Azucena miró la hora antes de hablar.
— ¿Cuánto nos queda?
Luis también miró su reloj.
— Quedan casi treinta minutos.
— Entonces aún puedo pedirte algo más.
Terry Salgado
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