sábado

El gusto por los nudos

Enrique y la Pupila entraron en una tienda de muebles con la intención de comprar un dormitorio completo. Les atendió una dependienta de unos treinta y cinco años, con gafas de montura negra y el pelo recogido en un moño lleno de horquillas del mismo color.

A Enrique le excitaba la idea de que la diferencia de edad que había entre él y la Pupila provocara alguna reacción en la dependienta.

— Buscamos un dormitorio de matrimonio.

La dependienta sonrió, sus labios rojos dibujaron un signo ortográfico que Enrique creyó recordar de alguno de los libros de su infancia.

— Estupendo ¿tenían alguna idea en particular?
— Queremos una cama alta, en madera, y que tenga nudos.
— ¿Nudos?
— Sí, una madera con nudos, nos encantan los nudos.
— ¡Ah! una madera con nudos — la dependienta volvió a mostrar el signo ortográfico de su sonrisa pero esta vez demostraba cierta inquietud.
— ¿A usted no le gustan?
— Bueno, lo cierto es que no lo había pensado nunca, pero seguro que en nuestra exposición hay alguna cama con nudos para ustedes.

Mientras los dos hablaban, la Pupila estaba intranquila, imaginando que en cualquier momento entraría alguien conocido en la tienda y descubriría que tenía un nuevo marido con el que estaba comprando un dormitorio.

— ¿Tú qué opinas, mi vida?
— ¿Yo?
— ¿Quieres una cama de madera con nudos o prefieres otra cosa?
— No sé.
— ¿No sabes?
 — Aún no sé si me gustan los nudos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


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