martes

Olga

Luis perdió el dinero que le había pagado una clienta a la que visitó un domingo de madrugada. 


Le había llamado pasadas las once de la noche. Luis estaba tumbado en el sofá de su apartamento mirando el móvil y cenando restos de la nevera. Pensó en no contestar, pero lo hizo. 


—Buenas noches.—La voz era cálida y segura a pesar de la hora.
—Hola, ¿Quién es?
—¿Eres Luis?
—Sí ¿con quién hablo?
—Disculpa la hora,
—la voz se disculpó sin tono de culpa me llamo Olga. Me ha dado tu número una amiga.


Luis pensó en hacer un chiste y decir que tenía muchas amigas, pero quizás porque estaba cansado, o quizás sólo porque no quería oír su propio tono de hombre gracioso, no lo hizo.


—Vale, dime Olga.
—No sé si podrías venir a mi casa.
—Supongo que sí, dime dónde vives y cuándo te vendría bien, miro mi agenda y lo cuadramos.
—En realidad me gustaría que vinieras hoy.—Olga volvió a sonar cálida y segura. Luis se la imaginó como una de esas mujeres francesas maduras que se llevan todas las miradas en las películas de Truffaut.
—¿Hoy... de hoy? ¿Esta noche?
—Sí, esta noche. Pagaré lo que digas, claro. 


Luis trató de pensar rápido, pero sólo pensó en que si lo analizaba diría que no, así que saltó del sofá y cogió un bolígrafo.


—Dime tu dirección Olga.


Terry Salgado

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